El contenido de sus palabras nos llevaría a suponer si la teoría de la evolución es más que una hipótesis, quiere decir que lleva visos de ser cierta; si es cierta nos pondría ante la evidencia que descendemos de una rama de los antropoides, afirmación que el mismo Darwin, aunque implícita y claramente demostrada en su libro, no se atrevió a declarar abiertamente, atemorizado por las reacciones que tal idea podría ocasionar en su tiempo. Y no estaba equivocado, si observamos que hoy sostenidos por una gran cantidad de muestras fáciles, los adelantos en genética molecular con las pruebas del ADN y las semejanzas comprobadas del 99% de nuestros genes con los chimpacés, así como las evidencias de cráneos fosilizados de seres humanos (identificados por la dentadura, que muestran diferentes capacidades de 800-900-1,100 centímetros cúbicos, hasta llegar al límite actual de 1,400 c.c.) Las muestras más recientes presentan un mayor volumen cerebral, lo que demuestra el acelerado crecimiento del cerebro en los últimos 2 millones de años. Pruebas que ayudan a confirmar la teoría de Darwin, la cual sigue, sin embargo, sufriendo el embate de tenaces sectores de oposición.
Entre ellos el grupo religioso de los creacionistas, que en EE.UU. ha solicitado al Congreso que sea obligatoria en los colegios la enseñanza bíblica de la creación y en algunos estados vetar la divulgación del darwinismo. El apasionamiento de esta confrontación es a todas luces exagerado, si tenemos en cuenta que la Iglesia y los grupos religiosos defienden la creencia que Dios creó al hombre y lo mismo sostiene también la mayor parte de evolucionistas. La diferencia entre ambos no es substancial, sólo reside en la forma como se conceptúa que Dios creó al hombre, si por soplo divino o por evolución, pero el concepto acerca del origen divino de la creación en las dos versiones es el mismo.
La versión de la creación, a través de una pareja inicial –Adán y Eva- fue útil y necesaria para explicar en tiempos antiguos el concepto del origen divino del hombre; de otro modo hubiera sido muy difícil comprenderlo. Pero, a la luz de nuevas evidencias científicas ante las que no podemos fungir de sordos o ciegos, esta versión en la cual el Creador habría colocado una a una las especies paulatino de perfeccionamiento evolutivo; y si entendemos que Dios organizó este proceso, ambas suposiciones, la del Génesis y lo darwinista, concuerdan en un punto común.
La teoría evolucionista presenta un esquema razonable porque descarga en cada ser viviente la tarea de llevar a cabo un perfeccionamiento biológico, en base a su esfuerzo y participación. En la versión del Génesis, Adán y Eva habrían recibido gratuitamente el don de la vida y el raciocinio. En el proceso de evolución, estas virtudes son parte de una herencia conquistada en base al esfuerzo de miles de generaciones de seres vivientes que nos antecedieron. Los más simples pusieron los primeros ladrillos de ese gigantesco edificio que representa la vida en la Tierra.
Nacemos involucrados en un programa evolutivo en el cual nos vemos obligados a ejercitar nuestras funciones físicas y psíquicas y asumir la responsabilidad de nuestro comportamiento. Un modelo en el cual minerales, vegetales, animales y seres humanos mantenemos una estrecha relación indispensable para nuestra coexistencia. Un maravilloso proceso organizado y puesto en marcha por el Divino Creador.
Bajo el punto de vista religioso el esquema evolutivo presenta una incógnita: ¿en qué momento el hombre alcanzaría el don del alma? Esta es una interrogante difícil de responder, porque se trata de un tema que trasciende lo orgánico y pasa a ser materia de fe, y como tal, la fe no necesita de medios visibles o evidencias externos para precisar el momento a la circunstancia física en que el ser humano recibió la virtud del alma; y no es doble subordinar la existencia del alma a la aparición de Adán y Eva, sobre todo si, como recomienda el Santo Padre, no debemos tomar el Génesis literalmente. La fe nos sirve para creer que el hombre tiene alma, aunque no podamos identificar el momento, las condiciones o el proceso mediante el cual esto ocurrió.
Al alcanzar el hombre la capacidad de raciocinio, merced al perfeccionamiento evolutivo del cerebro, accede mediante este don a la concepción de la existencia de Dios y a la observación de elementos invisibles para los sentidos, como la justicia, la verdad, la belleza, el amor, la virtud, la moralidad, descubriendo así el camino hacia la espiritualidad. No es entonces el espíritu el que evoluciona en función a la materia, sino que la materia al evolucionar alcanza a aspirar y llegar a la espiritualidad. En un proceso organizado y dirigido por Dios.
Las valientes declaraciones de Juan Pablo II –confirmando y ampliando el sentido de la declaración de Pío XII en la Encíclica “Humani Generis” (1950)- “La evolución es una hipótesis digna de ser estudiada”, ponen a la Iglesia Católica a la vanguardia en el camino de establecer un puente entre la religión y la ciencia. Si pensamos en la filosofía, al decir del doctor Francisco Miró Quesada Cantuarias “como un esfuerzo por llegar al conocimiento absoluto, definitivo, universal que tenga que ser aceptado por todos”, esta meta final supondría el conocimiento de Dios, que sabemos es el autor de todas las cosas y esa relación nos conduce a la posibilidad de conciliar la religión con la ciencia, abriendo el camino del futuro, iniciado y fortalecido por las palabras de Juan Pablo II.
